martes, 12 de diciembre de 2017

Ubicuidad temporal I

Aquí empieza un extraño relato titulado Ubicuidad temporal, que es, ante todo, un jocoso homenaje a la poesía española, creada en comandita por todos los alacranes de mi terrario. Tiene una introducción y siete partes:

Me llamo Ray Poncel, miembro de un grupo
secreto de científicos talentos
que allá en el año ochenta y siete supo
gestar el más genial de los inventos.
Lo bautizamos la cronomotora,
y transportaba la materia innata
a otro siglo, a otro año y a otra hora:
la máquina del tiempo, hablando en plata.
Isabel Llamas se ofreció de grado
para probar la máquina del tiempo,
pero al hacer el temporal traslado
tuvimos un ligero contratiempo.
La máquina sufrió un colapso extraño,
y ante el terror de los allí presentes,
en la pantalla que mostraba el año
bailaron siete fechas diferentes.
No obstante, al punto vuelve Llamas sana
y cuenta al aliviado gabinete
que acaba de vivir una semana
del año mil quinientos diecisiete.
Rodaba un lagrimón por su mejilla,
pues había querido con quebranto
a un vate cortesano de Castilla
que había escrito versos a aquel llanto.
Pero es que los registros instantáneos
del trasto hacían a Isabel presente
en ¡siete!, siete puntos simultáneos
entre los siglos XVI y el XX.
O sea, que su cuerpo en dicho trance
llegó a septuplicarse estando quieta,
y en cada sitio cosechó un romance,
en cada siglo enamoró a un poeta.
Cada uno escribió una poesía
a aquella lágrima de siete filos.
He aquí la más extraña antología
reunida sobre un tema y siete estilos.




lunes, 11 de diciembre de 2017

Se va acabando

Me encanta escribir, me fascina escribir, me mantiene vivo escribir. Poesía, teatro, novela… lo que sea, aunque mi aliento, mi oro, mi edén sea la poesía. Cuando escribo un poemario o redacto una novela, disfruto. Pero hay un momento en que la novela, de tan madura y casi acabada, empieza ya a incomodar, a quemar en las manos, y uno desea respirar el aire nuevo de un proyecto distinto: un nuevo relato, escribir poesía, tantear teatro. 

Comencé mi Almanaque de alacranes hace tres años, y desde él he propinado casi un millar de picotazos a los lectores que lealmente os habéis enganchado al veneno de escorpión. Mi Almanaque está a punto de caer del árbol: llegó a sazón hace tiempo y ya no hay rama que lo sostenga. Debo dejarlo caer en tierra y que ande su camino como obra completa y cabal. Ningún escritor soportaría la idea de una novela infinita; y si lo hay, no soy de su grupo.

Así que empiezo la gozosa y triste cuenta atrás, que acabará en veintiún días con la cifra de Scherezade. Filosón melancoliza:

Las plantas quieren moverse,
los peces quieren andar,
los cuadrúpedos erguirse
y el ser humano volar.



viernes, 8 de diciembre de 2017

Maricastaña

Alacrónico, que no se prodiga demasiado, nos visita:

—Por si alguno no lo sabe, 
me llamo Maricastaña
tatarabuela de España 
y arrugada al por mayor. 
Aunque el año en que vivía 
lo cita hoy día cualquiera, 
no calcula en qué era era 
ni el mejor historiador. 



jueves, 7 de diciembre de 2017

Picio

Escorporal vuelve a hablar después de mucho tiempo para darle la vuelta a la tortilla:

—¿Sabéis? Soy Picio, el gachó
más guapo del continente, 
pues el rostro más luciente 
siempre es más feo que yo.





miércoles, 6 de diciembre de 2017

Ha pasado un ángel

Alacrán de los silencios:

—Yo soy aquel ángel 
que batió las alas 
cuando en las reuniones 
faltaron palabras.



martes, 5 de diciembre de 2017

Pero Grullo

Ahora, una perogrullada de Viperio:

—Yo soy Pero Grullo
soy ese gran hombre 
que tiene el orgullo 
de haber dado nombre 
a grandes verdades 
tan ciertas de suyo 
que al término añades: 
«Es de Pero Grullo».


lunes, 4 de diciembre de 2017

Semáforos solitarios

Sigue la ronda de las cosas que pasan desapercibidas. Toma la palabra Filosón:

—¿Quién soy? Ese semáforo 
que aun a las tantas 
se pone en rojo cuando 
ninguno pasa. 
Y hasta algún coche, 
al verme, se detiene 
y hace el panoli.