martes, 17 de octubre de 2017

Soneto rabioso

Cuando el diablo no tiene nada que hacer, con el rabo mata moscas, dice el refrán. Los alacranes, cuando no tienen nada que hacer, versifican sin ton ni son, como en este aguijón de Chis, el locuaz:

Rémora torpe de cargado barro
que roes mi musa con tu cruel modorra
como una rata o redomada zorra
que roba las ideas de mi tarro.
¡Ay! Cuídate de mí, que si te agarro,
no habrá pereza ruin que te socorra
ni evite que te manden a la porra
las fuerzas de este verso tan bizarro.
Y de esta forma arreglaré mi yerro:
dejando de portarme como un burro
para ser de mi Euterpe el más fiel perro.
A ella he escrito –y también porque me aburro–
este soneto en que mi intento encierro,
aunque realmente me ha salido un churro.


lunes, 16 de octubre de 2017

Ley antitabaco

Mis alacranes sacan de un viejo baúl un aguijón inédito sobre la ley que prohibió el tabaco en lugares públicos, una ley que tuvo efectos muy positivos, pero que en su esencia suponía una intromisión del Estado en la parcela privada de cada hijo de vecino:

¡Oh bondadoso Gobierno
que, contra el viento y las olas,
cuidas con celo paterno
de españoles y españolas!

Como un padre protector
del occidente de Europa,
prohíbes al fumador
fumar tomando una copa.

Y hoy miran con desagrado
las personas implicadas
que ley de tanto calado
venga a prohibir sus caladas.

Rebeldes a tus mandatos,
¡ay, cuántos de ti reniegan
y, como hijos ingratos ,
contra tus leyes alegan

que en esta España de pillos
entre toros y fumones,
hoy prohíben los pitillos
si ayer fueron los pitones.

Y algún vicioso te insulta
diciendo que, bajo cuerda,
te gusta más una multa
que a un moscardón una mierda.

“¿A quién multarás mañana?”,
te espeta el que el humo atrae,
“¿a quien cante una sardana
protegida por la SGAE?

¿Al fondón que no haga pesas
ni corra de sol a sol?
¿Al comedor de hamburguesas
llenas de colesterol?

Si me vas a sancionar,
diré que es muy razonable
que quien prohíbe fumar
es un gobierno infumable”.

¡Aplástalos, Padre Estado,
con tu mano protectora,
y tenga el fumadorado
menos humos desde ahora!

Limpia su cáncer, su sarro,
haz su mal aliento trizas,
y que de cada cigarro
no queden más que cenizas.

El dedo nos chuparemos
sin humos, sin cáncer ya
y diremos como memos:
“¡Qué bien nos cuidas, papá!”.



viernes, 13 de octubre de 2017

Antibelleza

Escorporal expone aquí su anticanon de belleza femenina, extraído de la novela Videojugarse la vida:

La que por parecer mona
y pasar por monosabio, 
se rellena cada labio 
con savia de silicona, 
y sus labios de papiona 
no le caben ya en la jeta, 
no me peta.

Mas la que busca al doctor
para que le deje el rostro 
más chupado que calostro, 
más tirante que tambor,
¡vótox a Dios que su amor, 
por muy bien que lo reimprima, 
me da grima!

La que ante el espejo torna 
su cara, a puro graffiti, 
de momia de Nefertiti 
en payasa untada en sorna, 
y más que hurí que se adorna, 
es Velázquez con paleta,
no me peta.

Pero la joven que horada 
con aros no ya su oreja, 
sino nariz, lengua y ceja, 
tiene un aire de enganchada 
que no sólo no me agrada, 
¡santo Dios!, sino que encima 
me da grima.

La que lleva el pantalón 
por bajo la rabadilla 
y, usándolo de mirilla 
para su ojito peón, 
no nos cobra comisión 
por meterle la tarjeta, 
no me peta.


Pero la que es tan salvaje 
que asa a usanza de Samoa 
su piel a la barbacoa 
con diez metros de tatuaje, 
perdóneme que me raje 
si, al quererse hacer mi prima, 
me da grima.



jueves, 12 de octubre de 2017

Fabulazo (FIN)

He aquí la conclusión del Fabulazo, con dos curiosos protagonistas:

         La fábula y tú

Érase una vez tú mismo
que me leías temblando.
Y cuando digo tú mismo,
digo tú, cara de pánfilo,
no el lector neozelandés
que me leía asombrado
en la puerta de su vieja
librería de anticuario,
sino tú, el lector que acaba
de leer quizás con pasmo
que un lector neozelandés
me leía a mí asombrado
tras la puerta de su vieja
librería de anticuario.
Soy este libro, esta fábula
que da fin al fabulario,
y tú no eres la persona
que malgasta en mí sus ratos;
eres otro personaje
hecho ad hoc para el relato,
tan ficticio como Hamlet,
Don Juan, Don Quijote o Fausto;
tan irreal como el olmo,
el suicida y el guepardo
con que empezaste el poema
considerándote a salvo.
Tú y yo somos más que amigos,
más que esposos, más que hermanos,
y aun así no somos más
que un papel hecho pedazos. 
No te engañes: no me lees,
eres leído, y lo malo
es que eres tú quien se lee
ignorante de ser falso.
Desde que nos conocimos,
decidimos suicidarnos,
y mientras corres de un verso
a otro verso desbocado,
estás leyendo las líneas
firmadas de tu desahucio:
a cada verso que acabas,
cavas tu tumba a mi lado.
Un día me conociste
y entablamos un diálogo:
yo hablaba y tú me explicabas,
aunque hablaba de ti, claro.
Fui contigo a todas partes
ya en tu mente, ya en tu mano.
Te acompañé en las comidas,
en el altar de tu cuarto,
en el trabajo, en la calle,
hasta en el cuarto de baño.
No hay comunión más perfecta
que la que tú y yo formamos,
pues sólo existo si tú
me pronuncias con tus labios,
y sólo existes si yo
soy tu espejo y te retrato.
Sé consciente desde ahora
de que somos, al amarnos,
tú una ficción, yo una fábula,
y los dos confabulamos
vanamente contra el tiempo
que los versos nos han dado.
Te consideras seguro
porque crees que yo me acabo,
e ignoras que estás muriendo
¡adiós! por adelantado―
en brazos de las palabras
con que te estoy sentenciando.
¿Acaso crees que respiras
oxígeno cuando hablamos?
Respiras los octosílabos
inspirados y expirados
que agonizan en tus ojos
mientras lees este epitafio.
Cuando acabes los diez versos
sepultados aquí abajo
y descanses de sus ripios
bajo un rip y un par de palos,
tú, aunque aún no te lo creas,
lector querido y creado
que sólo existes por dentro
de este sueño literario,
apenas cierres el libro,
también te habrás acabado.

FIN DEL FABULAZO



miércoles, 11 de octubre de 2017

Fabulazo (IX)

Penúltima fábula de este encadenamiento de fábulas que es el Fabulazo:

El diamante y los relejes

Hace no muchos decenios
existía por Granada
esta antigua carretera...
que a diario transitaban
carros, motos y automóviles
en anacrónica alianza.
Si aún llega a aquella provincia,
hoy los carros ya no pasan,
y en vez de tierra tendrá
asfalto in tabula rasa.
Pero en tiempos el rodaje
de carromatos de tabla,
con sus ruedas y sus ejes
siempre a la misma distancia,
oprimió tanto la senda
que la dejaron marcada
por relejes paralelos
como arrugas de una cara.
En un carruaje esbelto
pero pesado viajaba
un traficante de joyas
recién llegado de África.
Traía cientos de puntas 
de diamante destinadas
a afilar afiladores
de hierros y maquinarias.
En un bache inesperado
un diamante en acrobacia
cayó al suelo sin que el dueño
celoso lo echase en falta.
La buena o mala fortuna
lo hizo caer en la raya
de un releje, donde al punto
se hincó el diamante de marras,
y allí instalado brilló 
como una estrella en la grava.
En vez de ser recogido,
fue apisonado por varias
ruedas de carro, hasta hundirse
en donde ya no brillaba.
Se sucedieron los días,
cabalgaron las semanas,
y el diamante siguió hundiéndose
más y más bajo la tara
de carros, motos y coches.
Llegó incluso una mañana
en que el diamante no supo
a qué llamaban mañana.
Se hundió a metros, a kilómetros,
a leguas mil de distancia
de la superficie, y venga
a pasar mulas de carga,
y él, con el a hundirse tocan,
atravesó tantas capas
del planeta que un buen día
asomó en Nueva Zelanda.
La buena fortuna hizo
cuando volvió a la luz blanca
que arribase a otro releje
de otra senda transitada.
Allí lo encontró un muchacho
más contento que unas pascuas
que encargó a un joyero experto
engastarlo en oro y plata.
Y al día siguiente el diamante
se convirtió en la alianza
con que la novia del joven
dijo sí, que se casaba.
De ser diamante industrial
a ser diamante de almas
media un mundo con corteza,
manto y núcleo. Quien lo pasa,
aprende que el humillarse
es lo que más nos ensalza.
Hay que dejarse llevar
donde el hado nos arrastra
por el curso de un releje
cuyo trazado se engasta
en el curso de una senda
donde el hado nos arrastra
por el curso de un releje
cuyo trazado se engasta
en el curso de una senda
donde el hado nos arrastra…
Al igual que en los relejes
que horadan Nueva Zelanda.
El releje en el que hallaron
el diamante de Granada
terminaba en una vieja
librería de antiguallas.
Allí el librero leía
una joya titulada
Almanaque de alacranes,
que había llegado a sus baldas
a través de un gran milagro
o de un plagio a gran escala.
Tras sus gafas boquiabiertas,
leyó la siguiente fábula:


         La fábula y tú

Érase una vez tú mismo
que me leías temblando.

CONTINUARÁ...