sábado, 18 de noviembre de 2017

Día festivo: Y tu vida de golpe, de José Iniesta

Creo que cualquier intento de crítica o de aproximación en prosa a la poesía del valenciano José Iniesta tendrá el efecto de un rebuzno en una escolanía, que quizás se acentúe ante la evidencia de que estas palabras que escribo no se refieren a su libro recién publicado en Renacimiento, El eje de la luz, sino al editado por la misma editorial en 2013, Y tu vida de golpe. Pero yo he descubierto el tesoro de su poesía en este título y de él quiero hablar. Cualquier opinión sobre el poemario —el salterio— adolecerá de la intempestiva inoportunidad de la prosa más opaca sobre el luminoso vitral de sus páginas. Hay una insuperable cadencia rítmica en su verbo, una métrica irreprochable y que fluye con la inevitable naturalidad de las confidencias. Una confidencia que es, a la vez, un himno, un jubiloso viaje interior por la naturaleza, o quizá debiera decir a la naturaleza, del mismo modo en que san Juan de la Cruz peregrina desde la noche oscura hasta los bienaventurados paisajes del Cántico espiritual. Esta filiación entre la búsqueda de san Juan y el hallazgo de Iniesta se hace explícita en el poema introductorio, La cosecha, que define la vida como una ruta en que andamos

sin otra luz ni guía 
que la del corazón.

Una alegría de salmo sobrevuela los versos de su primera parte, En la sed de los surcos, que no buscan la trascendencia más allá de las nubes, sino a ras de suelo. Acepta la materia destruida, nos exhorta en De rerum natura. El poeta se identifica con la tarde, con el petirrojo, con la piedra, en un continuo deseo de comunión y perennidad:

Mi afán era tan sólo ser la vida
en medio de la luz consoladora.

Pero ese anhelo abarcador y panteísta mora en cántaros de barro, el barro con memoria:

Un dios en soledad está silbando 
su canto fracasado en nuestra caña.

Dicha impotencia se expande y se amustia en el recuerdo de la vieja casa y de la madre, tema central de Los lugares vacíos, segunda parte del libro. Si en la primera parte el hueco que dejaban las cosas era motivo para el gozoso aprendizaje de la vida:

Acepta tu ilusión bajo la fronda,
la piedra ilusionada 
de la vida en su hueco

La segunda parte percibe ese hueco como un desgarro irrestañable en la consignación de la orfandad materna:

¡Qué hueco tan amado
latiendo en tu sillón!

En la tercera parte, A cielo abierto, Iniesta retoma la fe en la vida que pasa, que tiene que pasar. Recorre los poemas la reiterada imagen del río manriqueño:

Tú has sido el discurrir de toda el agua,
el tránsito que suena mundo adentro.

Y de la mar:

Nos llama la extensión de lo vivido
desde el acantilado. [...]

Aquí ha sido el principio que será.
Aquí concluye el círculo del tiempo
cercando en el suceso del presente
la breve vastedad de la existencia.

La conciencia de la disolución se vuelve en los últimos poemas del libro consignación del fracaso, un triste palpar la realidad tras el paso del tiempo y la huida de los tiempos infantiles:

Ya nunca más será la claridad
del niño que era eterno 
al darle forma
al barro prodigioso de sus días.

Sin embargo, el poeta no se deja vencer por el desaliento; una pieza fundamental en su entereza la constituye el amor:

De nuevo es el amor que me sostiene.
Por él estoy despierto y me levanto
en medio de la noche.

Y tu vida de golpe es un trayecto espiritual, un libro cuya lectura resulta una experiencia gozosa y —si despojamos a esta palabra de su raigambre ascética— edificante, una demostración de cómo la palabra puede hacer casi patente lo inaprensible, aunque Iniesta le niegue en alguna ocasión todo poder rescatador, pues las palabras:  

solamente son la arcilla muda 
en el quebrado cántaro vacío. 

Y tu vida de golpe es, como dije al principio, un salterio en que cobra sentido la cita juanramoniana del comienzo, con esa aceptación (más que aceptación, asunción) de un panteísmo soluble y regocijado que celebra, sin lúgubres metafísicas,

la extraña enormidad del haber sido. 



viernes, 17 de noviembre de 2017

Historias de la Secundaria

Historia que podría ser verídica, según Alacrón:

En la clase hay un alumno 
que Crispinito se llama.
Nunca aprobó una materia 
desde que estaba en Primaria: 
ni Inglés, Lengua, Naturales, 
Sociales o Matemáticas.
Por no aprobar, Crispinito 
ni las marías se saca. 
Le hicieron adaptaciones 
curriculares, programas 
de seguimiento específico, 
tutorías a mansalva, 
pero ¿a ti te aprovecharon?
Pues a él menos que nada.
Entre suspenso y suspenso, 
también llaman a su casa, 
a su casa van y van 
y en su casa no hacen nada.
―¡Si no podemos con él!
¡Si hace lo que le entra en gana!
Le pongo el libro delante, 
pero no le aprovechaba.
Nos sentamos a comer 
y nos quita la tajada.
Me echo un rato en el sofá 
y hasta echarme no paraba.
Con que no moleste en clase 
y pase de curso, basta.
Y no molestaba en clase 
y de curso siempre pasa. 
¿Que repetía algún año?
Pues al segundo pasaba, 
que las leyes estatales 
su empujoncito le daban.
Y fue así como llegó 
a Cuarto de Secundaria 
sin saber hacer la o 
por más que se la adaptaran.
Pero en premio a su tesón 
por seguir entrando al aula, 
le entregan su titulito 
firmado del Rey de España. 
Y cuando lo vio, Crispín 
les dijera estas palabras:
―¡Guau, guau, guau, guau, guau, guau, guau! 
―Pero es que ese niño ladra?
Es que Crispín no era un niño.
Crispín es un perro dálmata.
Pero hacía lo mismito 
que un niño de Secundaria. 

jueves, 16 de noviembre de 2017

Guadalquivir otra vez

Y otro más de Candidalgia al mismo río:

Tan ancha, tan naviera, tan bonita
lleva el Guadalquivir su estela zarca
por el perfil que la ciudad le marca 
que quiere oler ya a mar en la Mezquita.
Desde el pretil romano que levita
sobre el caudal, San Rafael se embarca
en un reflejo donde el Puente enarca
sus doce augustas cejas y dormita.
Un sol de pedernal prende la yesca 
de la ciudad de cordobán y cuero,
que sacia el fuego en la corriente fresca.
Y el ángel pescador, si no hechicero,
con la caña de Dios seduce y pesca
para Él y para Córdoba al viajero.


miércoles, 15 de noviembre de 2017

El Guadalquivir y sus molinos

A Córdoba, que no es mi ciudad de nacimiento, le debo mucho, empezando por la mujer que crió para mí y por los hijos que se están criando en ella. Pese a los años que lleva acogiéndome, sigo mirándola como un turista fascinado; y siempre que paso por el puente (que es dos veces al día), no puedo evitar echar un vistazo fugaz a las aguas del río emocionarme pensando que paso nada más ni menos que por el Guadalquivir, uno de los ríos con mayor solera de la cultura española. Para él, un poema más escrito por Candidalgia:

Trina el Guadalquivir. Y su azul senda 
por las viejas aceñas aquilata 
piedras que el agua convirtió en cantata,
aguas que el tiempo convirtió en leyenda.

Los molinos y el río, en mutua ofrenda,
se dieron con parlera serenata,
ellos espuma a su raudal de plata,
y él granos de cristal a la molienda.

Sus muros hoy son menos que memorias
que pueblan repudiadas los bajíos
del fiel Guadalquivir. Y entre las norias,

dan fe los cangilones ya vacíos 
de que también pueden molerse historias
de amor entre los hombres y los ríos.


martes, 14 de noviembre de 2017

¡Pobres modelos!

Alacrante y Alacrón se han coaligado para alancear una de las profesiones más prestigiosas y , ala vez, más castigadas del siglo XXI:

¿Una modelo? Una mártir
que denomina a Dios Dieta,
y ella misma es relicario
desde el pie a la calavera.
Lo de modelo le viene
por ser ejemplo que enseña
con sus huesos lo vecina
que la muerte nos acecha.
Tan devota es de su hambre
que tomó (no para cena)
el hábito de San Bueso
por sus hábitos de anemia.
¿Quién más tesón que esa santa
que, en ayuno y penitencia,
de cada día del año
hace un viernes de Cuaresma?
Reticente incluso al ocio,
pellejo adentro no deja
sitio para la expansión
a su alma anacoreta.
Son las palabras almuerzo,
desayuno, cena, etcétera
vocabulario tabú,
y que aproveche, blasfemia.
Mujer osario educada 
en las mejores esquelas,
no sólo exhibe virtudes,
sino muy finas maneras.
Cumple con quien la convida
de manera igual de espléndida;
por eso no hay merendola
ni cena que no devuelva.
Logra así ser más delgada
que su intestino, y las prendas
más que prendas son el cuerpo
que la informan de materia.
Sufre abstinencia de carne,
pero sólo de la muerta,
y con ser tan virtuosa,
se le conocen flaquezas.
Dicen que tanto rezar
al patrón de la anorexia
le quitó el pan de la boca
y la sal de la mollera.
Y aunque tiene a Horacio Flaco
por libro de cabecera,
su cabeza sólo sirve
como atril para melenas.
Amén de la mente a régimen,
en sus costillas encuentran
los flautistas instrumentos
y los yernos matasuegras.
Sus curvas ya no son curvas,
y si alguno la moteja
de esqueleto, es que le toca
en vez de pandero, teclas.
Es chitón de la lujuria,
que al varón, cuando le tientan
tetas no, tuétanos sí,
mucho teme y poco peca.
Aun siendo tabula rasa
en mente y piel, tiene beca
en Castellón de la Plana,
donde la tienen por regla.
Eso sí, por más que hurguéis
no hay quien la gane en honesta:
nunca engordó su currículum
con mentiras de manteca.
¡Qué lección de anatomía
es su paso de osamenta,
con las tetas de perfil,
las curvaturas en huelga,
los muslos en fideuá,
alambrada por las piernas,
pezón y ombligo sinónimos
y hojaldrada en la pelleja!
Id a verla desfilar
con otras monas de feria
en huesos vivos, poniendo
carita de almas en pena
por esos días sin pan
que llaman, según la lengua,
pasarelas en España
y en la China pasalelas.


lunes, 13 de noviembre de 2017

Parodia de Dios

Ponzoñón, el escéptico, habla sobre cómo le gusta a la especie humana criticar al prójimo, tanto que crea lazos indelebles entre los despellejadores:

¡Qué de amistades nacen al abrigo 
de algún diálogo cordial, sincero 
en el que se critica a un compañero 
que tienen otros dos por enemigo!

¡Qué pocos ditirambos trae consigo 
el hombre honrado, el corazón señero!
¡Qué raro es encontrar al pregonero 
de las virtudes del mejor amigo!

¿Tan pobre es nuestro ser y tan estrecho 
que, si amo, he de entonar la palinodia 
del viejo amor que sobra ya en el pecho?

¿Qué es el hombre: un reflejo o una parodia 
de Dios? ¿De qué demonios está hecho 
que sólo puede amar si también odia?


sábado, 11 de noviembre de 2017

Día festivo: A bordo del mar, un libro de J. Antonio Fernández García

A bordo del mar es un poemario de José Antonio Fernández García (De Torres Editores, 2017). Es un libro que se abre y cierra con el mismo broche: el de las sombras. El primer poema, llamado paradójicamente Tengo, expresa justamente lo que ya no se tiene, lo que es mero patrimonio del recuerdo. El último poema es una autoelegía, un testamento sin aspavientos ni llantos. Sin embargo, entre la serena disolución que proclaman el poema preliminar y el último, respiran catorce poemas exuberantes de vida cuya sensualidad traza una verdadera figuración de la existencia, un denso palpitar entre dos nadas. 

La mayoría de los poemas planea libremente, sin excesivas ataduras métricas, sobre la presencia gozosa del cuerpo amado, en esa borrosa línea en que se desdibujan el amor y el erotismo, como atestiguan los poemas A veces sueño, Por tu pie, Sabe el mar o Luna sin tregua, poemas que, por sí solos, justificarían el título del poemario. El mar y la noche son los ámbitos preferidos del poeta,

cuando la madrugada más aún
hincaba sus colmillos en la piel.

La sensualidad fluye siempre delicadamente, a través del detalle, de un pétalo de lirio en tu cabello; por el pie de la amada, como fuente de amor y aguas glaciales; por la espalda:

En mi palma, tu espalda; en mi espalda
tus manos. 

Tanta insistencia en lo sensual tiene su correlato en el lenguaje, exuberante sin llegar a lo intrincado, barroco sin llegar al hermetismo, justo en el abismo en que la fertilidad verbal se contiene y mantiene el nexo con lo real. Esa dialéctica entre exuberancia y contención, entre belleza y contenido, podría resumirse en los dos versos que rematan el poema Epílogo:

Colocadme en una mano el pétalo de un lirio
y en la otra un libro en blanco de poemas.

Hay poemas que se sitúan en uno de los dos extremos. En el norte sobrio y cargado de conceptos, Tanto monta, un resumen antitético de la relación-confrontación entre el hombre y Dios:

Pero... ¿qué es Dios sin el hombre? 
O qué el hombre contra Dios.

En el sur fecundo y fértil de sensaciones, el bellísimo poema dedicado a Málaga, en el que José Antonio Fernández formula una edénica visión de la ciudad mediterránea, que recuerda (no en el imaginario lírico, sino en la emotiva nostalgia que lo alienta) la Ciudad del paraíso de Aleixandre.

A bordo del mar es, en definitiva, un muestrario de la emoción humana ante el hecho de la belleza, ya sea femenina, ya sea paisajística, como resume el admirable poema-proemio que abre el libro:

Tengo una deuda oculta con las sombras.
No consigo evocar el entusiasmo
de tu sonrisa en medio de mis versos,
ni aún aquella tardes de canícula
junto al arroyo seco
que tanto juego dieron al ocaso.